Mi mamá me mima, mi mamá me espera

Mamá me mira las manos, me da vuelta los anillos: las toma entre las suyas, las acaricia, me dice que el esmalte verde o negro o azul es horrible, y medio nostálgica me dice que ella solía tener manos parecidas. Que ahora no, que el trabajo y los huesos y las manchas, que ya no son lindas. Y yo le digo todo lo contrario.

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Mamá siempre fue la encargada de hacer las tortas en la familia. Sin importar la ocasión o quién cumpliera años, siempre se encargó ella de pasar un día entero en el cotillón comprando las cosas, en la cocina haciendo el bizcochuelo, en el comedor decorando.

Se encargó, también, de hacer casi todas las tortas de cumpleaños de mis primes, el de mi hermana y el mío, principalmente cuando éramos chiques. De vez en cuando sale el comentario en alguna reunión del te acordás de. ¿Te acordás de la torta de la familia de conejes, que tenía la casa de zanahoria y cada une de les conejes haciendo algo diferente? ¿Te acordás de la casita de los gnomos, en el que había uno de ellos pescando en un río de agua que no sé cómo hizo que pareciera de verdad? ¿Te acordás de la de la Luna y el cielo? ¿Y de la de Minnie y Mickey, que tuvo que redecorar de cero porque cuando estaba terminando le dije que quería otra cosa? ¿Y la de Cande, que tiré en el medio de un cumpleaños sin querer e hizo que mamá llorara por lo mucho que había trabajado en esa torta?

Y nos reímos, y yo me acuerdo. Y las manos de mi vieja también.

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Pasar por la pubertad es una cagada. Son tantos cambios juntos y tan rápidos que odiás cada momento, incluso si terminás siendo una persona divina, con piel de terciopelo, con un cuerpo privilegiado por la normatividad.

Sumado a eso, a fines de la primaria nos dieron una clase de educación sexual. Y antes de esa charla mi mamá me dijo que quería hablar conmigo.

Yo estaba aterrada porque ya me había preguntado, antes de firmar la hoja de consentimiento para la clase, si quería ir o si prefería hablar con ella y con mi viejo sobre el tema. Obvio, obvio que elegí ir a la clase. Pero aún así me dijo que quería hablar, y yo, de nuevo, estaba aterrada de que aún así ella quisiera darme la charla.

Supongo que todo empezó porque comencé a pedirle que me comprara protectores diarios sin saber qué eran: me acuerdo que eran de Siempre Libre y el paquete tenía la palabra teen, así que como buena preadolescente imbancable y deseosa de quemar etapas, se los pedía cada vez que íbamos al súper.

Así que mi vieja no me habló necesariamente de cómo llegan las personas al mundo, pero sí qué condiciones tiene que tener un cuerpo gestante para, justamente, gestar.

Pocos meses después, me compró mis primeras toallitas. Me enseñó cómo lavar ropa interior manchada. Me hizo café con leche los inviernos que tenía dolor de espalda porque me estaba por venir y jugo de naranja recién exprimido los veranos que no me aguantaba la piel por el calor que hacía.

Me acompañó por primera vez a la ginecóloga y a cada médique a le que tuve de ir por cuestiones hormonales (y demases) después de eso.

En cada sala de espera me dio la mano.

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Hasta los diez u once años mi lugar en el auto era detrás del conductor, que generalmente era (/es) un lugar que ocupa mi papá. Estaba acostumbrada al cinturón, que todavía era el de cadera, y a tener que dar vuelta la cabeza hacia la izquierda para mirar por la ventana.

Un día de invierno, antes de ir a la escuela, mi hermana me cagó el lugar y se sentó detrás de mi viejo: peleamos a los gritos y mi mamá me decía que estaba todo bien, que era lo mismo, lo cual me hacía enojar más. No era por nada en particular, solo esas cosas que son estáticas en la vida de todo niñe que lucha fuerte por mantener, o algo así. Era cómodo, era algo que conocía, lo quería así. Pero para no pelear más acepté y dije que por ese día me sentaba ahí, pero que a la salida del colegio volvía todo a la normalidad.

Las cosas no volvieron a la normalidad ni a la salida del colegio ni nunca más, pero ese fue el primer día en el que mi vieja, en vez de poner la mano entre los asientos de adelante para darnos la mano a ambas, puso la derecha por encima de su hombro para dármela a mí. Para consolarme, supongo. Y no recuerdo si en ese momento la tomé o no, pero sí lo hice muchas otras veces.

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Estamos viajando a Mar del Plata, mis viejes adelante y Cande y yo atrás, escuchando música y mirando por la ventana. Es el último viaje que vamos a hacer los cuatro juntos hasta el día de hoy, con Felipe incluido entre nosotras y con Cande gritando porque tiene el pie ¿fracturado? y el perro sin querer la pisa.

Mamá me toma la mano derecha mientras yo acaricio a un Felipe alterado por el llanto de mi hermana con la izquierda.

Estamos yendo a Capital porque voy a dar una charla sobre literatura juvenil en la Feria del Libro, o en la Infantil y Juvenil, o en el CCK o en el Recoleta. Mis viejes van a escucharme, a acompañarme, como siempre, y yo estoy sentada atrás. Como siempre, no estoy nerviosa nerviosa, pero hacer cosas por el estilo me pone en lugares a los que no termino de entender del todo cómo llegué.

Mamá me da la mano mientras yo miro pasar los kilómetros por la ventana.

Estamos por llegar a Ezeiza y desde que salimos de casa, más o menos, le sostengo la mano a mamá por encima de su asiento. Dos o tres veces me dijo que no me preocupe, que si estoy incómoda la baje, pero yo le digo que está todo bien.

Porque está todo bien, pero no la voy a ver por seis meses. Porque poco más de dos semanas después va a ser su cumpleaños, y además del suyo paso el mío y el de mi viejo del otro lado del mundo, con 12 horas adelantadas y sin poder darles un abrazo por su día especial.

Le repito que está todo bien y le aprieto más fuerte la mano porque no voy a poder hacerlo por bastante tiempo. Y a la distancia, hoy, también lo hago.

9 comentarios
  1. Hay Flor no soy tu mamá pero lloré igual!! Ja ja. Sos un sol!!! Que orgullosa debe sentirse Gra. Seguramente uno como mamá a veces no se da cuenta cuánto pueden valorarte tus hijos!!! Todo lo que escribiste lo demuestra. Cuando lo lea a prepararse para una inundación!!! Vas a volver y todavía va a estar llorando de emoción!! Te quiero genia!!!

  2. La memoria, una mirada intima a nuestro interior, nos hace acercarnos a los que queremos.
    Flor, siempre tus narraciones tienen belleza.
    Besos

  3. Morí de amor. La belleza de lo simple, el pequeño gesto. Las manos de mí madre… Resume todo ❤️

  4. ❤️
    Son los detalles los que van constituyendo nuestra esencia, como esas manos con tanta vida de tu mamá.
    Quienes pueden reparar en eso, sentirlo, tienen una conexión especial y más profunda con la vida.
    Feliz cumpleaños a la gran hacedora de tortas cumpleañeras

  5. Flopina!! Q dificil escribir !! Como se responde a un mensaje en q el amor te inunda, te lleva puesta!! A veces el vertigo con q vivimos, la rutina no nos deja ver un monton de cosas. Pero lo importante es q ahi estan, papa y yo solo apuntamos a transmitirles valores, formarlas con amor, que fueran buenas personas, dignas,pensantes. Hoy tus palabras me dan cuenta q no lo hicimos tan mal. Creo lo logramos. Estamos muy orgullosos de vos y de Cande. Flor yo tambien te digo q esta todo bien. Yo tambien aprieto tu mano mas fuerte q nunca. ❤ te amo hija!!

  6. Ahhhh Flor… qué registro más profundo de esos lazos… cuánto amor. Como siempre, me siento espectadora de esas imágenes tan impecablemente transmitidas. ¡Abrazo!

  7. Siempre dejando a la gente con ganas de leer más y más !!! Es un placer pasar por tu blog en cada entrada nueva!!

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